07 mayo 2012

La única

‘’Soy la única que permanece, hasta que vengan por mí. Mientras, hundo mis pies en la arena, suave, cristalina. Primero el izquierdo. La arena traviesa queda atrapada entre mis dedos. Después el derecho. Se levanta una suerte de polvareda. Un pie, luego el otro. Polvo brillante, como imaginaba el de las estrellas’’. Antes de terminar de preparar el desayuno, Teresa marca en el calendario otro día más sin Mariela. Han transcurrido 12. Respira hondo. ‘’Me fastidia un poco estar sentada todo el tiempo, pero entiendo que será necesario para cuando me encuentren. Tengo que darles todos los detalles posibles sobre lo que pasó. Espero, tan solo. Ya no tengo más opciones, en realidad’’. Teresa tiene tres días de permiso en el trabajo. No ha salido de casa desde que recibió la noticia. La TV y la radio permanecen encendidas todo el tiempo. Los primeros días, Mariela y otros muchos fueron los titulares. Pero ya han pasado 12 días y otras tragedias han sustituido a esta. ‘’A veces me entretengo durante horas con el movimiento de mi cabello, como juega con el agua y fluye con el ritmo interno del mar. Apoyo la cabeza en el asiento y me dejo llevar. Cierro los ojos. Amé desde siempre el mar, su olor, sonido, misterio, así que es un privilegio estar aquí, a pesar de todo’’. Recorre la casa de punta a punta. Ordena, cambia de sitio algunas cosas, las vuelve a colocar donde estaban. Se hizo una rutina para mitigar la ansiedad de la espera. ¿Y si esto es para siempre? ¿Y si Mariela no regresa? Escalofríos recorren su corta estatura. Teresa aprieta los ojos unos segundos. Al abrirlos solo dice: ´´Mariela’’. ‘’Muevo mis manos. Pececitos de colores me pellizcan los dedos. Soy sirena de a ratos, ostra, alga, lo que sea. El tiempo aquí tiene otro sentido y densidad y creo que puedo serlo todo, hacer de todo’’. Humberto la observa, en silencio. La ve vagar por la casa, contestar el teléfono, aguardar las noticias. Él también espera. Y su angustia es igual a la de Teresa, solitaria y pesada. ‘’Siento que el fin está cerca. Cuando abro los ojos y veo pequeños rayitos de luz desde arriba, pienso que ya vienen por mí, que por fin me encontraron, que pronto podré volver a casa´´. Entonces el tiempo recuperará su propio tiempo. Pero tal vez yo ya seré otra’’. El día 14 de la ausencia, Teresa se levanta como siempre. Pocas horas de sueño encima y ese nuevo estado de alerta perenne instalado en el corazón. Humberto aún duerme, así que sin ruido se dirige a la sala, donde la TV emite las imágenes sosas de siempre. Unas horas más tarde, el estruendo del anuncio de un ‘’extra’’ noticioso la detiene en seco en la cocina. El locutor lee la única noticia que terminará con su agonía para darle paso a una nueva, eterna. ´´El equipo de búsqueda que desde hace 14 días rastreaba la zona del accidente del vuelo 1115…’’. Las palabras se pierden en la sala. Teresa grita. ‘’Soñaba que era el mar y terminaba siendo parte de él cuando los oí. Primero vi al primer buzo que me miró con lástima. Mucha. Retiró con cuidado el cabello de mi cara. Yo estiré los brazos, como si lo fuera a abrazar. Fue cuando vi al segundo buzo que me desató con ternura del asiento. Me dejé llevar. ´´Mamá, papá´´, pensé, ´´por fin vuelvo a casa’’. Teresa y Humberto lloran sin prisa en la sala de su propia casa, con la vista fija en el televisor. Suena el teléfono. Humberto atiende. Escucha trozos aislados de explicaciones en una voz ajena: ‘’ Su hija, Mariela Zambrano…la encontraron hoy los buzos…estaba en la parte del avión que…atada al asiento, intacta…´´. Humberto cuelga y se abraza a Teresa. Mariela flota. Respira y flota. Atrás quedó todo el mar. Ahora va a casa finalmente. ‘’Soy la única que permaneció, hasta que vinieron por mí´´. Se deja llevar.

11 abril 2012

Por primera vez






En la vieja camioneta espera paciente. Se protege tras unos innecesarios lentes oscuros. En su mano izquierda agoniza un cigarrillo y en la derecha un mate lo ayuda a calentar el cuerpo. Chupa con fruición y observa el café de enfrente: Barrabás. Nombre interesante para un lugarcito de tan poca monta. Al fondo, está la chica. Imposible que en pleno invierno esté vestida de rojo. La ve pedir un café chico con crema, añadir tres bolsitas de azúcar y tomárselo lentamente. La ve hojear el periódico sin interés. Vuelve a cerciorarse de que es la misma muchacha: observa la foto y a ella. No hay dudas. Es la misma. Lleva lentes y el pelo largo castaño cae benévolo y sin desorden sobre los hombros. Desde que entró al café no se ha quitado el gorrito invernal. Tiene un aire tierno y a la vez feroz. O tal vez son solo sus impresiones. En el asiento del copiloto reposa su vieja arma calibre 22. La agarra con cuidado y verifica que esté lista para ser usada una vez más. Enciende el segundo cigarrillo. Nadie ha notado su presencia. Se ha mimetizado de tal forma con ese paisaje urbano que es un anónimo más. Da una pitada larga y humeante. Observa a la chica pedir la cuenta. Se acomoda en el asiento y enciende el motor. La chica paga la cuenta y se levanta con calma. La observa cuando se coloca el abrigo, esconde el mar de cabello en el gorrito invernal, se cuelga la cartera y protege las manos con los guantes. Él respira hondo. La ve salir del bar. Toma el arma y apunta con disimulo y perfección a la cabeza. En todos estos años, nunca ha fallado. La chica está parada frente al bar. Se arregla el abrigo más por coquetería que para resguardarse del frío. Levanta la vista y ve por segundos el arma que la apunta directamente y justo detrás, ve al hombre que la sostiene. Clava la mirada con desparpajo en los lentes oscuros y se ve reflejada perfecta y exacta en ellos. Por primera vez en tantos años de ejecutar gente por dinero, le tiembla la mano, se agita incómodo ante la inesperada maldad de aquella mirada penetrante. La muchacha se quita el gorrito y todo su cabello de medusa cae sin prisas y se señala la frente con el índice: ‘’Aquí. Justo aquí’’, la ve decir. Él sigue temblando y deja caer el arma, presa del pánico, por primera vez en tantos, tantos años. Sube torpemente la ventanilla de la camioneta cuando la ve dar un paso hacia él, como un animal listo para cazar a su presa. Suelta el freno y arranca sin importarle nada, solo su vida, estar a salvo, por primera vez. La última visión aterradora de aquella chica de apariencia común y frágil es la de verla correr detrás de la camioneta y señalarse la frente repitiendo: ‘’¡Aquí. Aquí!’’. Después de varios kilómetros y con el corazón a punto de estallarle, se detiene y envía un mensaje de texto con la primera mentira de toda su carrera de sicario: ‘’Listo. Justo en el medio de la frente’’. Se lleva la mano derecha al pecho y se desvanece sin haber cumplido su última misión.

16 febrero 2012

40 grados. Sensación térmica de 44 grados


Escucha de nuevo la historia. La puede ver, sin necesidad de verla: todo su cuerpo en la mitad de la cama de media plaza, como si estuviera hundido en el colchón, casi pegado a las sábanas. El sudor en gotas se desliza lentamente por la frente, no sin antes ensopar el cuero cabelludo. Sigue su largo, inclemente y acuoso camino: hombros, brazos, torso, piernas. Nada escapa a la acción soporífera y debilitante. La ropa está también adherida a ese cuerpo, como un tatuaje.

La humedad y la brisa caliente y espesa de la mañana entran sin permiso en la habitación. Latigazos de calor revuelven el ánimo. Maldito infierno ajeno. Ya es suficiente con el propio. Los párpados se despegan lentamente de su prisión de sudor. La vista se fija en el techo blanco, primero en la lámpara, después en un punto cualquiera. El cuerpo gira hacia la derecha y el brazo izquierdo cae, con una delicadeza impropia para el momento, sobre ese lado de la cama, ahora vacío. El verano pasado los sudores de ambos se entremezclaban sin importar los 40 grados del exterior y aunque el infierno era un algo palpable, era irrelevante.

La respiración se acompasa con el calor. Es lenta y pesada. Como un zarpazo, las imágenes de la noche anterior se van sucediendo nuevamente. El ceño se frunce y presagia una tormenta del espíritu. El sueño era el episodio de una novelita barata: él se casaba, la noticia salía en los periódicos, en el noticiero de las 8:00pm, todos la comentaban y se esparcía por toda la ciudad ardiendo. Cierra los ojos. Las lágrimas empiezan a asomarse de forma tímida. Se van uniendo con el sudor hasta no saber dónde empiezan y dónde terminan.

Esto no estaba en sus planes. Ese abandono. Quería más veranos a su lado, sin importar la humedad, el calor, los mosquitos y sin embargo, no fue. Nada fue posible entre ambos después de aquel verano indolente. Esta historia que las une flota en el aire entre ambas. Se resiste a evaporarse como las gotas de sudor. Permanece. Cae sobre la ciudad como cenizas lastimeras de un incendio. Ella la escucha, con aparente calma. Tendrá que decirle, en algún momento incierto, que él sí duerme a su lado en este verano, que sí se van a casar, que la noticia sí saldrá en los periódicos, que sí tendrá muchos veranos a su lado. Respira hondo. Suda.

10 enero 2012

Kinestesia




Desde lejos se percibe su desorden, su genio y el alma de nostalgia que lleva escondida en la risa.
Entre el ruido y la gente la ve. Desde lejos, incluso, se percibe su orden, su seriedad y el alma edulcorada que lleva escondida en la mirada.
Ella parpadea lentamente. El chico se acerca con su desorden, genio y nostalgia. Cuando están frente a frente, él le retira con delicadeza el cabello de los hombros. Esconde sin permiso su cabeza y la fiesta de sus rizos en el hombro de la muchacha. Los brazos, apresan la cintura, la espalda. Al principio es un abrazo tierno. Después amolda mejor su cuerpo y se pega completamente al de ella. Ese abrazo, ya no tierno, ya no tímido, es más bien necesitado, urgente. Se entierra literalmente en el cuerpo ajeno y ella sólo atina a acariciarle la espalda con cierta firmeza. Que la sienta y que tal vez sienta también su ternura.
La chica respira hondo y él se separa, lento, silente. Es entonces cuando ella lo imita y entierra a su vez la cabeza en su hombro y se queda detenida en el hueco cálido que se forma entre el cuello y ese hombro.
Antonio, salido de la nada, aplaude. La chica se separa del muchacho y se da la vuelta, sonrojada. ‘’Linda pareja’’, dice Antonio, irónico, lo que delata su envidia. ‘’Hay mucha paz entre ustedes’’, continúa con un tono más letal aún. El muchacho sonríe una media sonrisa. Antonio finaliza con una imagen bucólica: ‘’Me los imagino en el campo’’ y el chico replica un ‘’sí, sí, entre ovejas y vacas’’ y hace una reverencia, a modo de burla, propia de su genio. Antonio lo ve alejarse y cuando ya lo pierde de vista, se acerca a la chica. ‘’¿Vamos?’’. Ella levanta la mirada y toma sin ganas la mano de Antonio. Se abren paso entre la gente, el ruido, la noche.
Ambos se quedan minutos detenidos por la muchedumbre que atesta el lugar. En medio de aquella congestión, ella siente como lleva aquel abrazo urgente y necesitado aún pegado al cuerpo. Se da la vuelta suavemente y ve al chico mirándola desde lejos. Percibe su desorden, su genio, su alma de nostalgia que lleva escondida en la risa. Él sonríe complacido, ella atina a devolverle la sonrisa, antes de irse del todo, de la mano de Antonio que la obliga a seguirlo. Baja la vista y lo sigue, como siempre, desde que se conocieron.

13 noviembre 2011

La parte del trato




La primera bala impacta en el vidrio trasero del auto y hace estallar el parietal izquierdo del chico. El auto se detiene en seco y viene el primer grito de terror de la chica, junto con las lágrimas y el desespero.

La segunda bala impacta, en cuestión de segundos, unos pocos centímetros más abajo que la primera y el chico finalmente se desploma sobre el blanco vestido de novia y la sangre tiñe el bouquet de blancas y perfumadas rosas.

La chica ya no grita: aúlla. Trata de contener la hemorragia que produjeron las balas. Todo el asiento trasero queda cubierto por la sangre, el olor a pólvora y los restos de lo que fue la cabeza de su amado. La chica observa con estupor sus manos ensangrentadas y a través de la ventana del auto, observa también a los atacantes. Son tres los hombres, todos con lentes oscuros: el chofer, el copiloto y en el asiento de atrás el que tiene el revólver, quien le sonríe socarronamente. Los aullidos de la chica se mezclan más aún con su propio llanto al tiempo que escucha al hombre del revólver decir: ‘’Mi sentido pésame, damita’’.

El auto con los tres hombres huye veloz por la autopista, mientras que en el otro auto continúa la tragedia. El chofer hace acopio de fuerzas para reponerse del impacto e intentar sacar del auto, sin éxito, a la chica, quien se aferra al cuerpo sin vida del muchacho: ´´Rodrigo, reacciona, por favor´´ le dice la chica al oído.

Mientras, en el gran salón de recepciones del hotel, la noticia del asesinato llega de golpe. Los murmullos, gritos y llantos de los 125 invitados se entrelazan unos con otros. Solo uno permanece incólume: la mano izquierda sostiene la copa de champagne mientras que con la derecha sostiene el celular para leer por segunda vez el mensaje de texto en su celular: ´´Misión cumplida. Fueron dos las balas. No hubo necesidad de más´´.

Entre al caos que reina en el salón, nadie nota cuando él se levanta de la silla, alza la copa y brinda: ´´A tu salud, damita. Cumplí con mi parte del trato. Si no eres mía, nunca lo serás de nadie´´ y bebe a sorbos el champagne, para después perderse, con el disimulo y la discreción que siempre lo han caracterizado, entre los invitados en el salón.

27 septiembre 2011

De parte de Amparo





El primer timbrazo lo despierta de golpe. Abre los ojos y escucha cómo retumban sus latidos asustados por toda la habitación.
El segundo timbrazo, más impaciente y enérgico que el primero, lo expulsa de su cama en dirección a la sala. Al abrir la puerta, el más benevolente de los cuatro puñetazos que recibirá, se estrella justo en el medio de su hermoso y joven rostro. El siguiente, y más rápido, lo recibe en la boca del estómago. Escupe sangre junto con algunos de sus perfectos dientes y todo el aire de su hermoso y joven cuerpo lo abandona. Mareos. Náuseas. Pérdida del equilibrio. Curvado ya del dolor, termina por derribarlo en el piso de su casa el tercer y más fiero impacto. Intenta ganar aire justo antes de que la única y certera patada que recibe le destroce un par de costillas. Aúlla. El dolor y el pánico lo dominan por entero. En cuclillas, el atacante se acerca y le susurra: ‘’Esto fue de parte de Amparo’’ y antes de erguirse, le asesta el cuarto y último puñetazo en el oído izquierdo de su hermosa y joven cabeza.

31 julio 2011

¿La ha visto?


Se calza los zapatos más cómodos que tiene. Coloca en la mochila una camiseta extra, el mapa de la ciudad, una libreta para anotar y dos fotos de ella, escogidas cuidadosamente. En una, el cabello le cae pesado sobre los hombros y sonríe a medias, con una sonrisa un tanto forzada; en la otra, el cabello lo lleva un dedo por debajo de las orejas y muestra su sonrisa perfecta, radiante, risueña. Se detiene un poco en esta foto y una avalancha de recuerdos lo sepulta. Recorre con ternura esa figura. ‘’Vine a reencontrarte’’ dice en voz alta, con la esperanza de que en algún punto de la ciudad, ella logre oírlo. Termina de preparar la mochila y sale de la habitación.
En el mapa marcó diferentes zonas: Palermo, Villa Crespo, Recoleta, para empezar. Sabe que su empresa, aparte de irrisoria, es suicida. 10 millones de personas habitan la ciudad; sin embargo, está seguro de encontrarla.
Camina sin prisas por calles desconocidas. Detiene a la gente que pasa. Le pregunta por ella : ´´Busco a esta chica. Se llama Mariel. Tiene cerca de seis meses aquí. ¿La ha visto?’’. Hay quien se detiene por lástima a observar las fotos. Hay quien se burla de inmediato y lo llame de ‘iluso’, ‘loco’. Hay quien lo oye, le pregunta por ella, el por qué de su búsqueda. Hay quien lo ignora sin ambages. Él no pierde el ánimo. Recorre bares, placitas, se detiene en las entradas del metro: ‘’¿La ha visto’’?.
Su guión de vida es igual semana tras semana: caminar con rumbo fijo por calles marcadas en el mapa, con las fotos en la mano. Va preguntando a quien tiene la paciencia o la educación de escucharlo. El resultado es el mismo. Mariel no existe para nadie, solo para él.
De madrugada, cuando llega al hotel, después de días extenuantes e infructuosos, se aferra a las fotos. ‘’No puedes estar tan lejos. No puedes no existir’’. Así se duerme, pensándola, llamándola, sintiéndola en el lado que le correspondería en la cama.
Cada semana va pasando, sin embargo, lenta, pesada, inocua. Se aferra a la certeza de que la encontrará, pero el tiempo nunca fue aliado en esta empresa. En contados días deberá regresar a su casa, pero ¿regresar sin Mariel? No estuvo nunca en sus planes su ausencia.
El último día es el día más largo de todos. No hay más tiempo. Regresa solo con una gran colección de negativas y sin ella. A Mariel se la tragó la ciudad y es definitivo. Ahora sí lo embarga el desánimo. En su habitación del hotel, ordena sus pocas pertenencias. En una hora deberá estar ya en el aeropuerto. Respira hondo. Ya en la recepción, se dispone a pagar la cuenta. ‘’Señor Lara, ayer una chica le dejó esta notita’’, le dice la recepcionista. Él tiembla. Desdobla el papel con cuidado y lee: ‘’No me busques más que no quiero encontrarte nunca. M’’. Cierra los ojos y siente un dolor agudo, justo ahí donde antes estaba Mariel y su risa, Mariel y su voz, Mariel y su ánimo. Paga la cuenta y camina, en completo silencio, hacia la salida.